martes, 20 de agosto de 2013

Buenos Vecinos

La terraza era de grandes dimensiones, ciento veinte metros había dicho Gerardo el presidente de la comunidad, que se encontraba en un rincón de la misma frente a una enorme barbacoa preparando hamburguesas y perritos al más puro estilo americano. Era un hombre de unos sesenta años, ya prejubilado, y dispuesto siempre a ayudar. Un buen vecino.

Allí también estaba Luis con su hijo Santiago de diecisiete años. -Ya es hora que aprenda.- Decía entre grandes carcajadas mientras devoraba su perrito. -Ya es hora.-

Carlos, el vecino del primero, también había subido. No le interesaba el espectáculo pero se perdía ni una sola de aquellas reuniones, pese a haber tenido varios encontronazos con el homófobo de Alberto, el casado del quinto y su arpía señora.

Incluso habían subido los amigos de Juan, el panadero de la esquina, que aunque no era propietario en el edificio, siempre subía los panecillos para las meriendas.

Los minutos pasaban entre risotadas, cerveza y camarería masculina. Y todos, sin excepción, con la mirada puesta en la terraza de enfrente que quedaba a escasos veinte metros. De repente, y como si un ángel hubiese interrumpido la reunión masculina, se hizo el silencio. -Ha llegado la hora.- Y los hombres callaron observando embobados como Mónica realizaba su aparición en la terraza vecina.

Salía, como siempre, con su minúsculo tanga, y como siempre realizaba su pequeño espectáculo fingiendo que no sabía que apenas veinte metros más allá un grupo de hombres la observaba.
Estaba contenta así que hoy seria especial, y se encamino como todos los miércoles desde la puerta de su habitación a la ducha que en medio de la terraza había instalado varios meses atrás. Una vez bajo la ducha abrió el grifo dejando que una corriente de helada agua la mojase por completo erizando sus pezones y escurriendo cristalinas gotas por su cuerpo desnudo.

Abriendo ligeramente la boca dejo que la punta de su lengua asomase por ella saboreando el agua mientras sus manos a modo de cuenco se llenaban de agua para poco después llevarlas hasta su cara dejando que el agua escurriera por su boca y cayera por su cuello y sus pechos.
Las manos de Mónica acariciaron su cuello y hombros para proseguir su húmedo recorrido por su pecho, su vientre y sus caderas donde con un pequeño gesto desabrocho el tanga que impedía que aquellos hombres quedasen totalmente absortos.

Una vez el tanga estuvo en el suelo Mónica se agacho para recogerlo doblando la espalda de tal manera que sus intimidades quedaron expuestas a la fría agua y a la mirada de sus particulares fans. Poco a poco se irguió de nuevo sin dejar de acariciar su cuerpo provocando así los vítores del grupo de vecinos que todos los miércoles desde hacía varios meses se reunía para observar las provocaciones de Mónica, realizando tanto ruido que era imposible seguir fingiendo que no los veía.

Así pues con un gesto de reprobación, cubrió su desnudez con sus manos y salió corriendo en pos a la puerta que daba a su dormitorio. Una vez allí, y sin dejar de reírse por el espectáculo ofrecido decidió masturbarse, esta vez en la intimidad que le daba su habitación escondida de los ojos de los hombres. 

¿O no?

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